La decisión que más impacto tuvo en el desarrollo de Fractura como proyecto fue que el contenido se trabajara de forma colaborativa. A diferencia de otras publicaciones donde la convocatoria pide directamente el material que se va a publicar, en Fractura convocamos a artistas y escritores que quieran formar parte de un taller. A lo largo de un mes trabajamos todos juntos para crear el contenido de cada publicación, y esos talleres son mi parte favorita de todo el proceso.
Tomé la decisión de trabajar de esa manera por dos razones: para evitar el problema de no recibir suficiente material para la publicación, y para promover la experimentación en el trabajo de las personas que participaran. La idea del proyecto es publicar trabajo experimental, así que es muy importante sacar a las personas que participan de su zona de confort, o al menos ofrecer un espacio de retroalimentación que las saquen de sus rutinas creativas.
Trabajar de esta manera ha tenido algunos efectos secundarios. Por un lado, nos ha acercado a crear algo así como una comunidad creativa. Las personas que participamos nos vamos familiarizando con el trabajo de los demás, y mientras más trabajamos juntos, estas conexiones van abriendo puertas a nuevos proyectos y cosas que podemos hacer. Por otro lado, convivir con otras personas creativas y participar en estos intercambios de ideas y retroalimentación mutua me da mucha energía para seguir creando.
Esta retroalimentación desde diferentes disciplinas ha creado, al menos desde mi punto de vista, un ambiente de crecimiento y expansión de perspectivas. Es un ejercicio de ver un potencial en tu trabajo del que no eras consciente porque tal vez no tenías acceso al lenguaje para descubrirlo o desbloquearlo. Creo que es algo que sucede de forma más marcada en este taller por las diferencias en el tipo de material que se está retroalimentando, pero también pienso que es una característica de cualquier buen taller.
Pienso que para llegar a ese punto son necesarias varias condiciones. La primera es que el grupo debe tener una mente abierta: dejar a un lado (aunque sea temporalmente) las expectativas que tienen de lo que será el resultado de su trabajo, así como dejar a un lado algunas de las ideas que podrían tener de lo que es un trabajo “bien hecho”. En algunos talleres lo que termina reinando es un impulso corrector, que no hace nada sino homogeneizar el trabajo literario y producir artistas y escritores tímidos. El punto de un buen taller no debería ser corregir sino realzar las particularidades y perspectiva de cada participante.
Corregir el trabajo de todos hacia un estilo considerado “correcto” o “profesional” o cualquier otro adjetivo que represente el statu quo es matar cualquier intento embrionario de vanguardia. Un taller no debe tratarse de hacer que los artistas se vuelvan intercambiables sino todo lo contrario. Para lograrlo pienso que es importante hacer un trabajo de observación, de comenzar a notar qué es lo que hay ahí desde que llegan, y a partir de ahí cuestionar y dar herramientas que se ajusten mejor a las ambiciones de cada persona, sin imponer ninguna por defecto.
A veces el simple hecho de trabajar junto a otros es suficiente para agarrar inercia. Tener a otra persona con la que creas puede ser suficiente presión para continuar practicando. Puede ser juntarse a crear en un momento y lugar concreto, o tener una fecha en la que compartirán lo que han estado trabajando. Por esta razón es más fácil para mí ser consistente en mi trabajo creativo cuando estoy en un curso o taller: tener que entregar tareas y/o tener un horario apartado en el que puedo trabajar es una gran manera de no dejar mis proyectos para un “después” que nunca llega.
Un proceso creativo puede llegar a ser muy solitario (a veces es una parte necesaria del proceso), pero creo que es importante que el trabajo llegue a una etapa de primera apertura. En la literatura esto es algo muy normalizado: tener un editor no es una señal de falta de talento o capacidad, sino una parte fundamental del proceso editorial. Nuestras mentes son complejas, y es muy fácil perderse en los laberintos que hay ahí dentro. Tal vez una idea no es tan clara como pensabas, tal vez estás asumiendo que el lector sabe cosas que están en tu mente pero no en el papel, tal vez olvidaste cómo se siente no saber lo que sabes, o tal vez llegaste a un punto de inmersión tan profunda que alguien tiene que jalarte para que puedas ver tu propio trabajo con perspectiva.
Compartir trabajo creativo con otros es un proceso vulnerable, pero también puede ser muy generativo. Puedes darte cuenta de tus puntos ciegos, tanto de tus debilidades como de tus fortalezas. Tener como espejo a una persona con un sentido del gusto que respetas puede ser justo lo necesario para encontrar dentro de tu trabajo lo que no te habías dado cuenta que ya estaba ahí. También puede ser un recordatorio de que crear vale la pena, que no eres la única persona con este tipo de locura, y que crear algo con otras personas es una excelente forma de conectar.







