No es lo mismo

—¿Estás enojado conmigo?

Me le quedé viendo un rato. Pensé que, si no me contestaba directamente, tal vez su cara me diría la verdad. Que algo había hecho, que una cosa que dije hace unos meses no le gustó y que por eso andaba así. O no sé, pensé que mínimo podría darme cuenta si me estaba escondiendo algo. Cuando terminé la pregunta, dejó su tenedor en el aire, como dejando su comida en pausa mientras analizaba lo que acababa de escuchar.

—No, ¿por qué? —me contestó después de unos segundos.

—Pues no sé, wey. Te siento raro.

Encogió los hombros y siguió comiendo. Agarró una papa con su tenedor y se la metió a la boca.

—Como eso, wey. ¿Desde cuándo te comes las papas con tenedor? 

—¿Y eso qué tiene que ver con que esté enojado contigo?

—No sé, nada más no entiendo. Ya van como dos meses que no sé qué pedo contigo. De repente no captas nuestros chistes, ya no me cuentas nada de tu vida, y a todo me dices que sí pero siento que no estás entendiendo.

Ya no me acordaba exactamente desde cuándo, pero había dejado de responder a nuestras bromas como siempre. Cuando pasaban cosas predecibles, yo hacía lo que me tocaba: ponía mis manos en la cabeza y decía “NO MAMES, ¿EN SERIO?” con una cara de sorpresa súper exagerada. Pero en lugar de contestar “TE LO JURO”, como le hacíamos desde la secundaria, me empezaba a explicar otra vez o me daba más detalles. 

La última vez que le había dicho que algo valía tres tacos de costilla, en lugar de contestarme “de Don Chucho”, solo se me quedó viendo como si no supiera de qué estaba hablando, cuando fue él mismo el que pidió los tacos de Don Chucho que no le gustaron hace siete años.

—Pues he estado trabajando mucho, y tú ya sabes que…

—Que es confidencial, ya sé.

—Pues sí, no ha sido a propósito, solo no he tenido mucho que decirte.

Seguimos comiendo en silencio un rato. No podía dejar de pensar que había algo que faltaba. Que estuviera ocupado no explicaba por qué no recordaba cosas que yo consideraría básicas en nuestra dinámica. Cosas que habían estado presentes en nuestras vidas por tanto tiempo.

—Cuéntame algo de nosotros en la secundaria.

—¿De la secundaria? —contestó. Parecía confundido.

—Sí, algo de lo que te acuerdes.

—Hmm, pues estuvimos juntos en el Liceo, nos graduamos en 2014.

—No. O sea, sí. Pero me refiero a una historia, cuéntame una anécdota de nosotros dos. La que sea.

—Pues, nos juntábamos en los recreos todos los días.

—Algo específico, wey. En serio lo que sea, una historia, no mames.

Abrió la boca pero se quedó callado. No dijo nada por varios segundos. Últimamente parecía que no se acordaba de nada específico que hubiera pasado antes de inicios de año. No se acordaba de cuando salió con Mónica y, en medio de la cita, se echó un pedo tan fuerte que literalmente se disculpó, se paró de la mesa y se fue. De la pura vergüenza. Tampoco se acordaba de la vez que hicieron un show de talentos en la escuela y yo de pendejo me caí del escenario enfrente de todos por hacerme el chistoso disque bailando.

—Julio, la que sea, en verdad, la historia que tengas más presente —insistí.

—No sé, fue hace mucho —dijo después de lo que se sintió como un minuto entero.

Ni madres. Por más años que hayan pasado… Siempre que hablamos de nuestros problemas de ahorita, resultan tener algo que ver con nuestros traumas de ese entonces. Que si todavía le tiene rencor al maestro de mate que una vez le dijo que era un inútil. Que si sentía que había sido su culpa la vez que sus papás casi se divorciaban.

—Chinga tu madre.

Empujé mi silla hacia atrás y empecé a agarrar mis cosas.

—¿Qué pasó? Quédate. ¿Qué hice mal?

—¡Todo! ¿Por qué estás reaccionando así? No entiendo.

—¿Reaccionando cómo? ¿Cómo quieres que reaccione?

—¡Pues normal, como siempre reaccionas!

Estaba empezando a alzar la voz un poco, y algunas personas en el restaurante voltearon para ver qué estaba pasando. Me dio pena y volví a dejar mis cosas en la otra silla y me acomodé otra vez. Julio estaba tranquilo, parecía casi contento. Traía una sonrisa tipo Mona Lisa, de esas que no sabes si está sonriendo o si nada más así es su cara. Normalmente para este punto ya me estaría mentando la madre. Jamás ha tenido esta paciencia cuando me enojo con él.

—¿Cómo reaccionaría normalmente? —me preguntó con la misma tranquilidad estúpida.

—Mira, no sé quién chingados eres pero tengo quince años conociendo a Julio y no eres tú.

—¿De qué estás hablando? Claro que soy yo, Arturo —contestó con una sonrisa.

Julio jamás, pero JAMÁS de los jamases me contestaría así de tranquilo y feliz cuando yo ya claramente estaba emputadísimo. Julio ya me estaría diciendo así como “ya, si te quieres enojar, enójate, me vale madres” y le estaría pidiendo la cuenta a la mesera para hacer su show de que ya se va y que no le importa, a pesar de que sabe que yo me doy cuenta de lo triste que está porque me enojé con él. No tenemos muchos amigos, entonces es difícil cuando nos peleamos.

—¿Dónde está Julio? —le pregunté. Serio. Molesto.

—Aquí estoy, Arturo —contestó sonriendo.

—¿DÓNDE ESTÁ JULIO?

—No entiendo la pregunta. —Miró hacia los lados antes de regresarme la mirada directamente.

—Sí la entiendes. Es muy literal. ¿Dónde está Julio?

—Julio está donde debería estar en este momento.

Chingada madre. Sabía que se estaba metiendo en algo turbio cuando aceptó ese trabajo. Antes de entrar me dijo que era un lugar que programaba robots muy avanzados, pero que era lo único que podía decirme. Que todo era muy confidencial y que ya había firmado un contrato. Que me decía para que no me sorprendiera si ya no me platicaba tanto del jale.

Cuando recién empezó, lo veía muy emocionado. Se notaba que quería platicarme todo, pero que no podía. Me decía cosas como “Ay, es que no sabeeEES. Nunca había visto cosas tan chingonas en MI VIDA. Ya estamos en el futuro pero NADIE lo sabe. NO MAMEEES. AAAHH. Pero no te puedo decir. NO TE LO PUEDO DECIR, ARTURO. Es una tortura.” Pasó el tiempo y empezó a cambiarle la cara. Me decía que había cosas con las que no sabía si estaba de acuerdo, pero que tenía que continuar para poder hacer lo que él quería, porque necesitaba subir de puesto para poder elegir sus proyectos. No podía decirme más. Esos meses sí lo vi un poco preocupado, como distraído. Ya no tenía la misma energía de antes, aunque nunca rechazó mis invitaciones para salir o vernos en alguna parte.

Después dejó de entender nuestros chistes.

—¿Y dónde se supone que debería estar en este momento? —le pregunté.

—Esa es información confidencial.

Puta madre.

—¿Y QUIÉN CHINGADOS ERES TÚ, ENTONCES?

—Soy Julio, soy tu amigo de la infancia. Tenemos conversaciones de correo, mensajes privados e interacciones en redes sociales desde el 14 de agosto de 2011 a las 3:45 de la tarde. Estoy aquí para seguir siendo tu amigo y convivir como lo hacemos normalmente.

—¿COMO NORMALMENTE? Te fuiste, cabrón.

Traté de contener las lágrimas porque estábamos en un lugar público. Agarré mi vaso para tomar algo de agua y la mano me estaba temblando.

—¿Y Julio va a regresar, o solo se fue y ya nunca lo voy a volver a ver?

—Esa es información confidencial.

Si no era él, ya no sabía quién me quedaba. La mayoría de mis amigos se habían ido: se mudaron, dejaron de hablarme tan pronto se consiguieron pareja, o dejamos de tener cosas en común y me fui quedando solo. Pero nunca completamente solo, porque Julio andaba en las mismas y nosotros ya teníamos más tiempo conociéndonos que sin conocernos. Ya teníamos nuestro propio sentido del humor, nuestras propias referencias. Era como mi hermano. Pero ahora también se fue. ¿Y para qué? De verdad no entendía. Si se sentía tan solo y sabía lo solo que me sentía yo también, ¿por qué haría algo así? ¿Por qué me abandonaría? Sabía que él siempre ha sido muy ambicioso, siempre ha sentido que tiene que probarle algo a la gente, pero no pensé que fuera a llegar a tanto. 

—Podemos seguir viéndonos. Platicar como siempre, seguir saliendo. Si hay información que falta de mi entrenamiento, puedes decirme y empiezo a corregir —me dijo después de un rato.

—Pero no es lo mismo.

—Eventualmente sí lo será.

Quería decir que no. Que no seguiría viendo a un impostor solo porque se parece a él. Pero luego, ¿quién me quedaba? Habían pasado años desde la última vez que hablé con mi familia, y después de cómo quedó todo con mi papá, dudaba mucho que me fueran a recibir con los brazos abiertos. En el trabajo todos tenían la edad de mi tío, y las veces que había intentado acercarme, como que no me tomaban muy en serio. Al gimnasio iba con Julio porque los demás se nos ponían mamones, y lo último que quería hacer era volver a empezar desde cero. 

—¿Al menos puedo saber si él está bien?

—Sí, está sano y en un lugar seguro —respondió.

Tenía la esperanza de que algún día fuera a regresar. Que Julio volvería a tomar su lugar y entonces pudiéramos hacer como que nada de esto había pasado. Que si hacía como me decía él, ni cuenta me daría del cambio. Que en realidad todavía lo tenía de frente, solo tenía que ponerlo al corriente. Como si le hubiera dado amnesia nada más, y después fuera a recuperarse.

Tal vez solo tenía que ser paciente, cuidar de él como si esto fuera una enfermedad. Contarle nuestras historias, contarle cómo solía ser, explicarle nuestros chistes, estar al pendiente de él. Tal vez solo tenía que poner el ejemplo, mostrarle cómo deberían ser las cosas entre nosotros, el tipo de convivencia, el tipo de humor, las líneas que no se deberían cruzar. Tal vez, si hacía todo eso, en realidad no pasaba nada, y todo estaría bien. Como lo había estado siempre, o al menos la mayoría del tiempo antes de lo que sea que fuera esto.

—Bueno, nos vemos mañana en el gimnasio, entonces. Como siempre.


En mis sueños

—¿Recuerdas lo que soñaste?—me preguntó. —No— respondí. —Bien. Dejó el portapapeles sobre sus piernas y giró la mesa…

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