En mis sueños

—¿Recuerdas lo que soñaste?—me preguntó.

—No— respondí.

—Bien.

Dejó el portapapeles sobre sus piernas y giró la mesa que estaba a su izquierda, con una pequeña pantalla que brillaba sobre ella.

—Por favor, describe lo que ves—dijo mientras volvía a tomar su portapapeles y una pluma, listo para escribir.

Estoy en mi casa, que no es mi casa, pero al mismo tiempo lo es. Estoy en la cocina. Escucho como que alguien me habla. Subo las escaleras. Adán está sentado en la cama viendo la pared. Parece que está viendo la televisión, pero no hay nada. Me siento a lado de él. Recargo mi cabeza sobre su hombro. Bostezo y llevo mi mano a mi boca. Cuando la separo tengo la mano llena de dientes y sangre.

—Hasta ahí está bien—me dijo volviendo a girar la pantalla hacia él.

Cada día estaba más cerca de tenerlo en mi vida de nuevo, así como fue cuando recién nos conocimos. Cada vez que lo veía en la pantalla sentía ganas de llorar. En algún momento pensé que no podría vivir sin él, pero las circunstancias me estaban obligando a hacerlo. Ya habían pasado algunos meses desde que lo perdí para siempre. Ahora no me quedaba más que buscar alternativas.

Había escuchado de un lugar donde podían enseñarte a controlar tus sueños. Me parecía extraño, de alguna manera logran extraer tus sueños y guardarlos en un casete. No le creí a Rodrigo cuando me dijo que le había cambiado la vida. Luego lo empecé a observar más, y me di cuenta de que sí lo notaba más tranquilo que antes. Me dijo que él lo estaba usando para poder vivir su meta de ser músico, cosa que ya a su edad y con todas sus responsabilidades le parecía cada vez más imposible.

Eso era en realidad lo que vendían en ese lugar: lo imposible. Algunos iban porque, como Rodrigo, querían tener alguna ocupación diferente, otros querían tener una vida de rico, había quienes lo usaban para trabajar mientras dormían, y he escuchado alguna que otra historia de personas que lo usan para cumplir sus deseos más perversos y guardarlos en video.

Me resistí por un tiempo. Aún no lograba entender cómo funcionaba pero parecía invasivo. Le pregunté a Rodrigo, le pregunté a todas las personas que pensé que podrían responder mis dudas pero nadie lograba darme una respuesta clara. Había pastillas y una cirugía pero nadie podía decirme ni de qué eran las pastillas ni qué era lo que te ponían o quitaban de la cabeza, solo que quedaba una cicatriz muy pequeña y podías continuar con tu vida. Nada tenía sentido, pero al final me ganó la desesperación. Tenía que recuperar a mi Adán de alguna forma, aunque solo pudiera existir en mi vida por ocho horas cada día. Entonces comencé a ir, y estaba funcionando.

Estoy en la recámara que no es mi recámara. Estoy con Adán viendo la pared vacía. Me pregunta que si vamos al parque. Abrimos la puerta de la casa y estamos en el parque. Volteo a verlo. Nos damos la mano. Caminamos por la ruta de siempre. Veo que hay algunas personas caminando por ahí. Nos cruzamos con algunas personas. Volteo hacia abajo y me doy cuenta de que mi ropa ya no está. Trato de cubrir mi cuerpo desnudo con mis manos mientras pasan más personas caminando.

—Hasta ahí está bien.—Dejó su portapapeles en la mesa e hizo una pequeña pausa antes de continuar.—Vas muy bien Karla. Los momentos críticos aparecen cada vez con menos frecuencia, y parece que tienes más control sobre cada elemento.

Las pastillas estaban haciendo su efecto. Cada vez sucedían más cosas antes de que perdiera el control y aparecieran esas señales típicas de que estaba en un sueño. Además, por fin había logrado la continuidad, entonces cada sueño comenzaba donde había terminado el anterior.

Estoy en el parque caminando con Adán. Llegamos al lugar donde siempre nos sentamos. Acomodamos nuestras cosas y sacamos la comida. Agarro una naranja y le pregunto si le podría quitar la cáscara. Me dice que claro que sí, que lo que yo quiera, y comienza a pelarla. Arranca cada pedazo con paciencia y gentileza. Me da la naranja pelada con una sonrisa. Comienzo a comérmela. Empieza a platicarme algo de esa película que le gusta. Lo interrumpo y empiezo a hablar sobre una persona a la que me topé. Espero su reacción. No se molesta conmigo. Sigo platicando y me escucha. Le digo que me quiero ir. Nos paramos y agarramos nuestras cosas. Caminamos hacia la entrada pero no está en su lugar. Nos volteamos. Vemos que todo el parque está rodeado por una pared y no podemos salir.

—Esto es un excelente progreso, Karla. Parece que ya estás lista para el procedimiento final. Después de eso podrás continuar con control total por tu propia cuenta y recibirás los casetes en la dirección que nos indiques.

Me dio una hoja para que la llenara. Con la mano temblorosa, seleccioné una fecha para el procedimiento y escribí la dirección a la que quería recibir el material. Al escribir la última línea, cayó una gota sobre el papel. No me había dado cuenta de que estaba llorando.

Estoy en la salida del parque con Adán. Llegamos al carro y él maneja a nuestra casa. Caminamos a la cocina. La jarra de agua está sobre la mesa. Adán no dice nada. Él saca dos vasos de la alacena y sirve agua para ambos. Adán guarda la jarra de agua en el refrigerador. Termino de tomarme mi agua. Saco la jarra de agua del refrigerador para servirme más. Dejo la jarra de agua sobre la mesa y me voy a sentar al sillón. Adán no dice nada. Viene a sentarse conmigo y me abraza.

—Perfecto. Ven y siéntate aquí, Karla. En un momento vuelvo.

Caminé hacia la silla que estaba en la orilla del cuarto, una silla blanca de piel con una lámpara arriba. Me senté y acomodé mis brazos en su lugar. De pronto se apagaron las luces y sentí algo frío arriba de la nuca. Cuando se encendieron las luces, varias personas estaban en el cuarto viéndome.

—Ya terminamos, Karla. El procedimiento salió muy bien. Ya puedes ir a tu casa.

Cuando me paré sentí un ligero dolor de cabeza, y sentí con mis dedos la cicatriz diminuta que había quedado del procedimiento. Cuando llegué a la casa me sentía como una persona diferente. Todo había salido de acuerdo al plan, ya solo faltaba la última parte.

Dejé mi bolsa en el perchero de la entrada y caminé hacia la cocina, donde estaba Adán esperándome.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que dejes la pinche jarra en su lugar?— dijo molesto.—Cada día tengo que meter la puta jarra en el refrigerador como ya te he dicho un millón de veces que…

—Se me olvidó, perdón.

—¡Que no me interrumpas, chingada madre!—gritó golpeando su mano contra la mesa.—Solo haz lo que te digo.

Esa noche esperé a escucharlo roncar para salir de la cama y agarrar la mochila que había dejado en el fondo del clóset con mis cosas. Abrí la puerta con cuidado y volteé hacia atrás una última vez. Se veía tan tranquilo así, dormido, pensando que el día siguiente sería otro cualquiera. Sin saber que nunca me volvería a ver. Por última vez vi esas manos que ya no me tocarían más que para darme caricias, y esa boca que no haría más que expresar cariño, como era antes de que acepté que ese Adán que conocí nunca regresaría. Lo había perdido, pero hoy al fin lo recuperé. Ya no necesitaba estar ahí, y mi vida sería mejor ahora.

Encendí el carro y empecé a manejar. Todavía no estaba segura de qué seguía, pero sabía que estaría lejos y que podría comenzar una nueva vida, una que estaría bajo mi propio control.

Estoy sentada en el sillón. Adán me está abrazando. Le pido que guarde la jarra de agua. Él se queda sentado un segundo. Me paro y camino hacia la entrada. Abro la maleta y saco su raqueta de tenis. Camino hacia la cocina. Adán está parado entre la cocina y el vestíbulo, viéndome. Veo que la jarra de agua sigue sobre la mesa. Le digo que por qué no la ha guardado todavía. Me dice que no sabía a dónde iba. Levanto la raqueta. Él da un paso hacia atrás y levanta sus manos. Le digo que no quiero tener que repetir lo que le dije. Él camina hacia atrás y agarra la jarra de la mesa sin dejar de verme. Sonrío. Ahora es mi turno. Ahora él me tiene que obedecer.

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