Marginalia

Marginalia

Una introducción a mi columna Marginalia en la revista digital Libros y Café con Adriana Muela. Ahora disponible en Substack.

Cuando tenía seis años, el mejor lugar en el que podía estar era una librería. Como hijo único y sin vecinos de mi edad, los libros se convirtieron en un refugio, una manera de escabullirme del aburrimiento y descubrir lo increíble que es el mundo. Leer moldeó mi forma de pensar y de percibir, de comunicarme con otros, y en cierta medida, también moldeó mi personalidad. Puedo trazar una línea entre mi forma de ser hoy y los libros que he leído a lo largo de mi vida. Sin embargo, no ha sido hasta más recientemente (y con base en nuevas lecturas) que me he vuelto capaz de apreciar la complejidad detrás de esta actividad que siempre vi como algo tan cotidiano.

Si bien siempre he entendido los libros como algo casi mágico, no era consciente de lo increíble que es el hecho de que podamos leer. El cerebro humano no evolucionó para leer. Por miles de años hemos logrado unir diferentes procesos cognitivos para convertir nuestros pensamientos en símbolos, así como para convertir esos símbolos en pensamientos otra vez. Gracias a esto podemos compartir lo que pensamos a través del tiempo y el espacio. La lectura nos permite adentrarnos en la mente de personas de contextos completamente distintos: no importa si viven del otro lado del mundo o si murieron hace cientos de años. La lectura es algo así como un milagro cognitivo que hemos podido pasar de generación en generación.

Además de todo esto —y al igual que prácticamente cualquier actividad humana— la lectura se ve afectada por factores culturales, económicos, políticos, sociales, entre muchos otros. Estos tienen un impacto en lo que somos capaces de leer, lo que elegimos leer y también en lo que tenemos permitido leer. Influyen en nuestros objetivos y técnicas de lectura, nuestros hábitos lectores, nuestra forma de interpretar los textos, y lo que todas estas cosas dicen sobre nosotros en nuestro entorno social. La lectura nos transforma, pero también nuestro entorno transforma nuestras lecturas.

Esto puede manifestarse de maneras aparentemente contradictorias. La lectura puede darnos estatus y poder, pero leer el libro equivocado en contextos de censura política puede ponernos en peligro de persecución por el Estado. Leer puede darnos la apariencia de ser intelectuales, pero también de pervertidos, dependiendo de la lectura y el contexto. Por otro lado, la búsqueda de la productividad económica puede hacernos evitar ciertos tipos de lectura, buscar leer más rápido o incluso quedarnos satisfechos con un resumen. La tecnología puede poner a nuestro alcance lecturas a las que antes no podríamos acceder, pero también tiene un impacto en cómo leemos y nos relacionamos con el texto. Puede que hoy en día lo hagamos de manera privada, pero leer siempre ha sido y será un acto social y político.

El propósito de Marginalia es traer todo esto a la superficie: hablar sobre las cosas que rodean nuestras lecturas y que solemos ignorar. La lectura es un fenómeno complejo, y me gustaría servir como guía hacia apreciar esta complejidad. Desde los aspectos culturales que influyen en nuestros gustos personales, la manera en la que la lectura forma nuestra identidad, hasta el impacto de la tecnología en nuestros hábitos lectores y cómo leer modifica nuestro cerebro. Esta es una invitación a mirar más allá de los textos que leemos, para explorar cómo la lectura misma, como actividad y experiencia humana, es igual de fascinante.

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