He pasado los últimos cuatro años pensando y dándole vueltas a quién quiero ser como artista. Siempre me ha gustado mucho el arte, pero también me ha plagado el miedo a crear. Esta situación me llevó a pensar que quería dedicarme al arte sin ser artista yo mismo (me interesaba ser curador o editor literario). Con el tiempo me fui dando cuenta de que eso en realidad era miedo. Conforme fui atreviéndome a hacer cosas de forma honesta, consistente y rigurosa, me di cuenta de que crear para mí no es solo algo que disfruto sino algo que necesito.
A pesar de tener mucho tiempo con el interés de escribir y de tomar fotos, muchas veces me pasaba que, si nadie me lo pedía, no era algo que surgiera de mí con esa misma urgencia. Podía pasar mucho tiempo sin agarrar mi cámara o sin escribir nada, pero ahora pienso que eso también era confusión y miedo.
Pienso que el arte es más poderoso cuando tiene un mensaje detrás: cuando surge de un deseo profundo de expresar un punto de vista o una postura particular. Creo que en muchas ocasiones lo que me detenía de crear era que no sabía todavía qué era lo que quería decir, no entendía cuál era mi punto de vista particular o por qué valdría la pena compartirlo. Pero es algo así como una paradoja, porque eso también se aprende creando (o al menos así ha sido para mí).
Lo que me trajo de vuelta a la fotografía fue mi amor por la música, y el querer documentar y compartir lo trascendental que puede llegar a ser. Me interesaban los momentos en los que los músicos parecen estar casi poseídos por la música, esos momentos en los que el instrumento es una extensión de ellos mismos y la música es la manera de sacar la emoción de forma más pura, como una experiencia espiritual.
Eso me hizo entrar a ese mundo con todo mi ser, y salía cada fin de semana a tomar fotos, practicar y mejorar. Ya con el tiempo me fui dando cuenta de que en realidad no era un estilo de vida que fuera sostenible para mí, tanto por mi personalidad como por la misma industria. Además, llegó un punto en el que sentía que algo me estaba faltando.
Creo que el problema principal ha surgido del hecho de que hay inquietudes mías que todavía hoy no estoy seguro de cómo comunicar con la fotografía. Sentía que terminaba creando imágenes bonitas de otras personas, pero que quedaba algo más profundo dentro de mí que todavía no sabía cómo sacar. Tomar esas fotos ya no me estaba dejando artísticamente satisfecho.
Esto me hizo regresar a la escritura, que fue cuando inicié este blog. La verdad es que la práctica de escribir en sí misma me ha ayudado muchísimo no solo a mejorar mis habilidades como escritor sino también a clarificar qué es lo que quiero comunicar. Creo que esa es parte de la magia de la escritura: cuando pasas de ideas en tu cabeza a palabras escritas, de pronto puedes ver con mejor definición en dónde se encuentran tus contradicciones, tus obsesiones, y así pasas de la maraña mental a algo que puedes sostener en tus manos. Y claro, esto es algo que se puede hacer con otros medios artísticos también, pero creo que es especialmente fuerte en la escritura.
Ver lo que escribo aquí me hace ver más fácilmente mis hábitos, mis vicios, mis debilidades, y también la dirección natural hacia la que me estoy dirigiendo. Cuando empecé a escribir aquí acababa de tomar un taller de cuento1, y me quedé con la intención de escribir más ficción. Parte de eso surgió de un sesgo hacia la ficción como una forma más “artística” de escribir. El ensayo todavía lo veía como algo más académico de lo que me quería alejar, o al menos quería alejarme de la forma académica en la que estoy acostumbrado a escribirlos. A pesar de eso, después de casi dos años he visto que mis impulsos siempre me llevan a querer escribir ensayo, y mis cuentos de repente se sienten deficientes o forzados.
Una de las razones por las que inicié el proyecto de Fractura fue porque quería (y quiero todavía) obligarme a salir de las ideas restrictivas que tengo sobre lo que significa “escribir bien”. Siguen habiendo muchas cosas que me interesan pero que no me he atrevido a hacer porque una parte de mí me detiene. Tengo un crítico tradicional/institucional dentro de mí que dice que eso no es lo correcto, que me hace dar un paso hacia atrás cuando quiero dar tres hacia adelante. También está la parte de mí que quiere romper con todo, intentar cosas nuevas y experimentar. Esas dos partes están en constante tensión, pero muchas veces gana el miedo. De pronto lo que quiero hacer parece demasiado arriesgado, pero quiero dejar ese miedo atrás, porque ya me siento harto de cargar con él.
Aunque he desarrollado habilidades artísticas de diferentes tipos a lo largo del tiempo, todavía tengo que derrumbar esa parte que me restringe para llegar a mi verdadero potencial. Quiero dejar de forzarme a hacer cosas que no quedan conmigo (con mis impulsos, con mis necesidades, con mis inquietudes) y empezar a hacer esas cosas que se sienten viscerales, que empujan los límites de lo que siento que tengo el permiso de hacer. Porque en realidad no necesito el permiso de nadie para crear de forma desenfrenada.
Si veo que mis instintos me llevan hacia el ensayo y hacia la experimentación formal, hacia hacer más difusas las líneas entre un género y el otro, hacia la incorporación de diferentes tipos de lenguaje (verbal y visual), entonces tengo que dejar de rechazar esos instintos y comenzar a lanzarme hacia hacia ellos.
- De ahí salieron los cuentos de Contrarreloj y Remodelación ↩︎
