Crear arte, al menos para mí, es como armar un rompecabezas. La vida te da las piezas en forma de experiencias, sentimientos, referencias, herramientas y lenguaje. Después vas encontrando patrones y probando cómo pueden unirse estas piezas. Durante el proceso puedes darte cuenta de que algunas combinaciones no funcionan como habías imaginado, pero luego cambias algo de lugar, o agregas una pieza que faltaba y de pronto todo comienza a encajar. Al final terminas con un producto (al menos medianamente) satisfactorio, pero lo más satisfactorio de todo es el proceso que te llevó ahí.
Muchas personas enmarcan y cuelgan en sus paredes los rompecabezas que completan. Sin embargo, me atrevo a decir que la imagen colgada nunca es el objetivo real de quien lo arma. Sería más fácil comprar un póster, o también podría existir todo un mercado de rompecabezas pre-armados y enmarcados. La realidad es que el marco que se cuelga es algo así como un trofeo. Es un efecto secundario. Lo más importante es el proceso de juntar las piezas y el esfuerzo que eso implica, la imagen en la pared es solo la evidencia.
Últimamente me ha dado más por leer sobre aspectos técnicos de la escritura y el arte. Antes me llamaba la atención la fijación de los artistas en sus procesos y el misticismo que empapaba el lenguaje que usaban para describirlos. Con el tiempo he visto cómo ambas cosas se han infiltrado en mi propia manera de pensar en la creación.
El proceso artístico es uno de (auto)transformación. Las decisiones que tomamos afectan no solo el producto de lo que estamos haciendo, sino también la persona en la que nos convertimos en el camino. Crear es un proceso mediante el cual desciframos nuestras propias experiencias, encontramos lo que queremos expresar y averiguamos cuál es la mejor forma de hacerlo.
Por poner un ejemplo, yo antes le tenía algo de miedo a escribir. Sentía que no tenía ideas, que las que tenía no eran interesantes, o que no era lo suficientemente bueno como para hacer algo que valiera la pena. Con el tiempo fui descubriendo nuevas formas de trabajar que me ayudaron a superar esos miedos. Comencé a cargar un cuaderno de ideas, y aunque al inicio fue difícil, la práctica me ayudó a ser observador, notar los momentos de interés y anotar lo que sea que despertó esa sensación. Esto, para mí, es el proceso de recolección de piezas: citas de libros o artículos que me llamaron la atención, observaciones de mi vida diaria, reflexiones sobre el arte que veo, entre otras cosas.
Ahora trabajo mis primeros borradores en papel, y esto me da la soltura de saber que lo que estoy escribiendo no es la versión final, porque llegará el punto en el que tendré que escribir todo en la computadora. Antes solo escribía una vez y luego hacía pequeños ajustes, ahora escribo todo desde cero varias veces hasta llegar a algo que me gusta, y después lo publico aquí.1
Podría parecer que usar un par de cuadernos y un sitio web no significa mucho, pero en realidad estas decisiones también han transformado los resultados que produzco. Trabajar de esta manera me ha hecho más sensible a mi entorno y más dispuesto a escribir y publicar de forma consistente. Por otro lado, también ha hecho que los resultados tengan un lenguaje más preciso y una estructura bien pensada. Al final esto forma parte de mi estilo propio, formado por una combinación particular de mi sentido del gusto, conocimiento, sensibilidad y ambiciones del momento.
Ahora entiendo más el misticismo, esta noción de que las ideas llegan a uno desde un lugar externo, que uno debe tener la sensibilidad para ser quien tome la idea que está esperando a ser encontrada, o que incluso las ideas son quienes eligen a los artistas. Ahora no busco un resultado particular sino el placer del proceso, la sensación de dejarse llevar por el trabajo y perder la noción del tiempo: el divino frenesí del que hablaba Shakespeare.
“El ojo del poeta, en divino frenesí, mira del cielo a la tierra, de la tierra al cielo y, mientras su imaginación va dando cuerpo a objetos desconocidos, su pluma los convierte en formas y da a la nada impalpable un nombre y un espacio de existencia.” —William Shakespeare (Sueño de una noche de verano)
Todo esto es un ejercicio de paciencia y perseverancia, uno que no cualquiera está dispuesto a tomar. Es el camino requerido para dominar el medio que estás usando, conocer su lenguaje y todos los elementos que lo conforman. Toma muchísimo tiempo y práctica, pero eso es lo que le da su valor.
Esto es lo que me parece más insultante de la “creación artística” mediante Inteligencia Artificial. Creo que mucho de lo que se hace pasar por arte hecho con IA es lo equivalente a comprar un rompecabezas ya armado. Bien nos va si es lo equivalente a pagarle a alguien para que una las piezas que tú encontraste.
Es verdad que darle retroalimentación a una IA hasta obtener lo que quieres puede considerarse un proceso, pero creo que nunca será igual de satisfactorio que encontrar la manera de hacer algo tú mismo con habilidades limitadas (incluso si el resultado es mediocre). Creo que todavía es aceptable si es solo una pequeña parte de un proceso más amplio, pero si tu proceso de creación empieza y termina con pulir un prompt, te estás perdiendo de mucho. Cada momento que esperas a que la computadora procese tu petición es una oportunidad perdida. Es un robo del placer de descifrarlo por tu cuenta y de convertirte poco a poco en la persona que es capaz de ejecutar lo que imaginas.
El boom del arte hecho con IA es la consecuencia de una cultura que valora los resultados sobre cualquier cosa, donde lo más importante es el retorno de la inversión, los KPIs, y todas las métricas que pasan por alto lo que nos da placer y satisfacción de forma tangible pero difícil de medir. El trabajo de crear una obra artística no es el que esperamos en una sociedad post-industrial que busca convertir todo en una línea de producción. No es lineal ni eficiente. Querer convertirlo en eso corre el riesgo de generar arte aburrido y desalmado.
La manera en la que planteamos nuestras metas, el problema al que nos estamos enfrentando, y las cosas que nos damos permiso de usar o acceder en el proceso tienen un impacto enorme en lo que terminamos creando (no solo en el arte). Tal vez sea momento de mirar hacia atrás y ver el valor del proceso, el placer del juego, de la dificultad, el goce de superar un obstáculo y encontrar claridad. Es verdad que esto podría parecer menos “eficiente” pero eso solo depende de la forma en la que se mire. El arte no es meramente una serie de entradas y salidas, es una forma de procesar nuestro entorno y nuestras vidas. Ese proceso es sagrado. Si tienes la oportunidad de aprovecharlo, tómala con todas tus fuerzas.
- Esta es como la quinta versión de este ensayo. ↩︎