El mar se revolcaba violentamente a unos metros de donde estaba sentado. La orilla se deslizaba hasta mis pies como quien pone un dedo sobre tu mano antes de tomarla por completo. En ese momento, rodeado de mis amigos y de una naturaleza imponente y conmovedora a la vez, me encontré sumergido en un tiempo inexistente. Infinito. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me había sentido así. Desde la última vez que el futuro había dejado de existir.
Cuando regresé a mi casa, el tiempo volvió a ser algo que tenía o no tenía. Volvió a ser un recurso a mi disposición, algo que podía aprovechar o desperdiciar. Mis días comenzaron a ser medidos de nuevo. Regresó la mirada penetrante y juzgona de mi calendario. Un buen o mal día dependía de la cantidad de cosas que había tachado en mi lista de pendientes, siempre acompañada por la sensación de que no había sido suficiente.
Puede haber una gran soledad en sentirse incomprendido. En ese vacío es tentador agarrar un punto en común, algo concreto: evidencia. Evidencia de que no estoy loco. Evidencia de que las cosas están bien. Evidencia de que estoy feliz. Evidencia de que mi experiencia es real.
¿Cómo se mide la felicidad? ¿Cómo puedo expresar mi paz de manera objetiva? ¿Qué necesito hacer para que mi aparente locura sea comprensible? La tentación puede ser imitar los objetivos de los demás, comenzar a medir lo que otros entienden y decir: ¿ves? Aquí dice que estoy bien.
A veces siento que el mundo me pide mostrar un número para que algo se vuelva real. No importa la sensación de conexión y comunidad, importa cuántas personas fueron. No importa cómo se sintió escribir y escribir hasta llegar a algo que se sentía honesto y creativo, importa cuántas personas lo leyeron.
Estas reglas que sigo y uso para medirme fueron creadas por alguien más, alguien con quien posiblemente no comparto definición de una buena vida. De todas formas las uso para asegurarme de ir por un buen camino, y también para compararme con los demás. Algunos resultados son considerados buenos y otros malos, y ahí es donde el dato se convierte en métrica: el número viene acompañado de un juicio de valor.
El filósofo C. Thi Nguyen dice que cuando participamos en un juego, el sistema de puntos moldea nuestra experiencia porque guía nuestra forma de actuar. Es el sistema de puntos el que cambia lo que nos importa. Soy una persona diferente en un juego donde gano siendo veloz que cuando gano siendo preciso. Este tipo de manipulación es segura en los juegos, porque es una manipulación temporal y sirve para otra cosa.
Cuando jugamos, propone Nguyen, los objetivos y el propósito suelen ser diferentes: tengo que querer ganar para experimentar el placer de un saque perfecto, para experimentar la concentración profunda de un juego de ajedrez, para llegar a una sincronía perfecta con un grupo de personas. Sin las reglas o sin intentar ganar, me pierdo la oportunidad de sentir esa sensación, que es la verdadera razón por la que estoy jugando.
Pero en algún momento, la vida real también se convirtió en un sistema de puntos, y de pronto nos encontramos en entornos que moldean nuestra experiencia de una forma que, si te dejas llevar, puede ser bastante rígida. Nguyen llama a esto captura de valor. Quien ha sido capturado no define sus valores según sus experiencias o personalidad, sino que ha permitido que algo externo defina lo que le importa.
La búsqueda de una vida “óptima” puede ser simplemente otra forma de lidiar con nuestra mortalidad, pero no es un objetivo sencillo. Para empezar, averiguar qué significa una vida “óptima” involucra saber qué importa y cómo distinguir lo bueno de lo malo. Ahí es donde nacen las métricas: si valoras la salud puedes medir calorías, gramos de macronutrientes, puntajes de sueño, VO2 Max, etcétera. La cuestión aquí es que una vez que aparece un número y una forma de interpretarlo (por ejemplo, mientras más alto el VO2 Max, mejor), resulta muy tentador intentar truquearlo.
En mi búsqueda de mejorar mi puntaje de sueño puedo dejar de salir con mis amigos después del trabajo porque, cuando lo hago, el número baja. Si me obsesiono con mi dieta, puedo terminar dejando de ir a reuniones porque la comida que tienen ahí me aleja de mis metas. En ambos casos puedo terminar aislado, y eso no es bueno para la salud, pero no tengo ningún puntaje que mida la calidad de mi vida social, entonces lo ignoro con la convicción de que mi calidad de vida es mejor ahora.
La cultura actual parece estar obsesionada con la racionalidad y la ciencia. En este péndulo histórico nos encontramos en un punto en el que vale más el número en el reloj inteligente que tu experiencia real. Si el reloj dice que tienes poca energía, tienes poca energía, y eso es más real que cómo dices que te sientes. Pero la razón por la que vale más es porque hemos dejado de confiar en las personas y en su experiencia subjetiva. Los hechos solo se convierten en hechos cuando están validados por un número creado por un ente sobrehumano con bata de laboratorio.
Lo cierto es que incluso los números no son completamente ajenos a la subjetividad. Antes de obtener la medición, se tuvo que haber tomado la decisión de qué medir, cómo medirlo, cómo interpretar esa información y qué hacer con ella. La información numérica está diseñada para aplanar el contexto, para convertir algo rico y con matices en algo fácilmente transferible y reemplazable. Exigir evidencia matemática del progreso significa no solo dejar de confiar en nuestra propia experiencia, sino dejar de confiar en nuestro criterio sobre qué es importante en nuestras vidas y cómo vivir de acuerdo con eso.
Lo que las métricas nos quitan de agencia y criterio nos lo regresan en capacidad de justificación. Si asumimos que estamos jugando el mismo juego y siguiendo el mismo sistema de puntos, el número es suficiente para que nuestro trabajo, nuestra existencia, nuestra posición social, se conviertan en algo legítimo. Las métricas prometen meternos a un sistema de valores universal y fácilmente comunicable. Pero si no estamos jugando a lo mismo, ¿entonces qué?
Si yo quisiera optimizar este ensayo para tener muchas visitas en línea, haría que fuera mucho más corto, simplificaría la estructura, el lenguaje, probablemente elegiría un tema completamente diferente para que fuera algo que la gente ya estuviera buscando en línea. Usaría un término específico optimizado para búsquedas en el título, luego otra vez en el primer párrafo, y luego en subtítulos que separaran el texto en pedacitos más fáciles de ojear. Pero yo no estoy jugando a subir las visitas mensuales o diarias de lo que escribo.
Cuando escribo lo que estoy buscando es otra cosa: quiero soltar lo que siento y lo que pienso, quiero expresar de una forma creativa y sincera cómo se siente existir en el mundo, quiero crear una experiencia agradable para las personas que leen lo que escribo, quiero que mis palabras hagan a otros pensar, sentir y apreciar su entorno de una forma distinta. No hay nada en mi tablero de estadísticas que me pueda decir si estoy logrando esto, tengo que confiar en mi criterio y escuchar la retroalimentación que me dan quienes me leen.
Sería más fácil truquear lo que escribo para que lo lean más personas, de esa manera sería más fácil comunicar la importancia de lo que estoy haciendo. Tengo las herramientas para medirlo, tengo las habilidades para lograrlo, pero no es lo que quiero hacer. Y sí, algunas veces escribo cosas más cercanas a ese estilo, porque también entiendo el valor de divulgar y responder preguntas que las personas ya tienen de una forma clara, concisa y fácil de leer. Lo importante aquí es entender dónde detenerme para no perder de vista lo que busco cuando escribo.
La filósofa Maria Lugones define tener un espíritu juguetón como ser capaz de habitar diferentes mundos y movernos de uno al otro con ligereza. Un día puedo pasar horas dando vueltas en el bosque buscando pájaros, otro día puedo actuar como un empresario que busca maximizar utilidades a toda costa, y el siguiente puedo convertir trazos de lápiz en imágenes e historias imaginarias. Para ella, dejar de ser juguetón es quedarse atorado en una sola forma de existencia.
El juego no debe tener necesariamente un sistema mecánico de puntos, a veces es más bien una apertura sensible. Puede ser simplemente vivir una historia en conjunto, como los niños que juegan a la escuelita o al supermercado, donde no se declara un ganador pero sí salen todos con una experiencia estética. Hay poesía en la escoba que se convierte en un caballo, en el lapicero que se convierte en vacuna para el paciente de peluche. Es en esta fantasía poética donde encontramos un refugio de las exigencias de la vida diaria, de las formas burocráticas y científicas de lidiar con el mundo.
Tomarse esas vacaciones mentales podría parecer más lujo que necesidad. Es muy fácil dejar de ser juguetones y quedarnos atrapados en un solo sistema de valores y de puntos. Pareciera que convertirse en adulto consiste justamente en esa pérdida. Las exigencias de nuestro entorno nos hacen olvidar el placer del proceso como fin en sí mismo. Y en un mundo de decisiones basadas en los datos, es fácil olvidar los puntos ciegos de quien decidió qué valía la pena medir. En el arte y en el juego podemos encontrar el valor y el sentido donde queramos buscarlo. Puedo decidir acercarme de nuevo a esa experiencia estética, a ese tiempo infinito. No necesito regresar al mar para hacerlo.




